El tiempo precioso.

La apretó con fuerza.

El cuerpo de ella respondió con violencia, como sólo sucede en esos momentos de suprema pasión en que el tiempo se disuelve, los límites de la corporeidad se difuminan y lo único que importa es el instante supremo de los sentidos.

Escuchó entonces un gemido, signo inequívoco del goce sensual, de la compenetración de cuerpos y almas, respuesta cuasi silente a la sentencia bíblica que reza "y los dos se harán una sola carne", preludio a la más alta manifestación de la especie por sobrevivir. A la exigencia implícita en el gemido respondió con una intensificación de sus esfuerzos, la magnificación de sus afanes en pos de las altas cumbres del placer, tras las cuales sólo existe el abandono en el otro y la dicha inmensa que proporciona la satisfacción del deber cumplido.

Duro, más duro. Duro con ella. Así, por supuesto. Claro que sí.

Los cuerpos adquirieron un ritmo que, al paso de los segundos, se tornó frenético, indecible, cercano al paroxismo. En el tiempo donde los segundos cuentan, donde cada movimiento adquiere un sentido preciso en aras de alcanzar un objetivo concreto, él sabía lo que debía hacer, y el cuerpo de ella se adaptaba mansamente a lo que sus manos le imponían.

La eternidad duró escasos segundos. Los espasmos postreros indicaron el arribo de los cuerpos al punto de no retorno, tras el cual se produjo la sacudida última que precedía a la calma. Ella, después de lanzar un profundo suspiro, cayó exánime entre sus brazos, mientras él debía recargarse contra la pared del callejón para soportar el peso de ambos cuerpos.

Lentamente, la soltó. Las ágiles manos se retiraron de su cuello con una parsimonia no exenta de cierta ternura y el cuerpo, privado de todo soporte, cayó sin remedio al piso, mientras una marca continua -a manera de inverosímil gargantilla- orlaba el sitio exacto que, segundos antes, había sufrido los embates de la pasión desenfrenada.

Ahora tendría que deshacerse del cadáver.

Y rápido.

Tenía, a lo sumo, unos cuantos minutos -acaso segundos- para operar con el filoso instrumento de que siempre se hacía acompañar en tales menesteres -un hacha, un machete, un alfanje, qué más da- y reducir lo que quedaba de su fugaz acompañante a fragmentos susceptibles de ser integrados a las entrañas de la ciudad. Debía, dadas las circunstancias, proceder con extrema velocidad.

Era una lástima no poder prolongar el placer.

Sin embargo, después de todo, también eso era algo finito.

18.10.09

3 opiniones:

Adriana | 25/10/09 22:34

Órale. Es como un crimen consensual ¿no? me recordó mucho la película de "El imperio de los sentidos", es japonesa y es muy interesante, te la recomiendo mucho.

Saludos :)

Don Chuccio von Krieger | 7/11/09 15:21

Pensaba comentar el cuento, pero "se me fue la onda" sobre qué decir. Aún así, me alegra que haya más seguidores ya. Nos vemos pronto.

Alfredo R. I. | 10/11/09 1:05

Se agradecen sus comentarios. En cuanto al consenso implícito en el crimen, bueno... es una posibilidad de lectura, misma que se valora, aunque intentaba dar idea del desvalimiento en que se encuentra la mujer, que no puede sino seguir los dictados que le impone su asesino.

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