El tiempo precioso.

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La apretó con fuerza.

El cuerpo de ella respondió con violencia, como sólo sucede en esos momentos de suprema pasión en que el tiempo se disuelve, los límites de la corporeidad se difuminan y lo único que importa es el instante supremo de los sentidos.

Escuchó entonces un gemido, signo inequívoco del goce sensual, de la compenetración de cuerpos y almas, respuesta cuasi silente a la sentencia bíblica que reza "y los dos se harán una sola carne", preludio a la más alta manifestación de la especie por sobrevivir. A la exigencia implícita en el gemido respondió con una intensificación de sus esfuerzos, la magnificación de sus afanes en pos de las altas cumbres del placer, tras las cuales sólo existe el abandono en el otro y la dicha inmensa que proporciona la satisfacción del deber cumplido.

Duro, más duro. Duro con ella. Así, por supuesto. Claro que sí.

Los cuerpos adquirieron un ritmo que, al paso de los segundos, se tornó frenético, indecible, cercano al paroxismo. En el tiempo donde los segundos cuentan, donde cada movimiento adquiere un sentido preciso en aras de alcanzar un objetivo concreto, él sabía lo que debía hacer, y el cuerpo de ella se adaptaba mansamente a lo que sus manos le imponían.

La eternidad duró escasos segundos. Los espasmos postreros indicaron el arribo de los cuerpos al punto de no retorno, tras el cual se produjo la sacudida última que precedía a la calma. Ella, después de lanzar un profundo suspiro, cayó exánime entre sus brazos, mientras él debía recargarse contra la pared del callejón para soportar el peso de ambos cuerpos.

Lentamente, la soltó. Las ágiles manos se retiraron de su cuello con una parsimonia no exenta de cierta ternura y el cuerpo, privado de todo soporte, cayó sin remedio al piso, mientras una marca continua -a manera de inverosímil gargantilla- orlaba el sitio exacto que, segundos antes, había sufrido los embates de la pasión desenfrenada.

Ahora tendría que deshacerse del cadáver.

Y rápido.

Tenía, a lo sumo, unos cuantos minutos -acaso segundos- para operar con el filoso instrumento de que siempre se hacía acompañar en tales menesteres -un hacha, un machete, un alfanje, qué más da- y reducir lo que quedaba de su fugaz acompañante a fragmentos susceptibles de ser integrados a las entrañas de la ciudad. Debía, dadas las circunstancias, proceder con extrema velocidad.

Era una lástima no poder prolongar el placer.

Sin embargo, después de todo, también eso era algo finito.

18.10.09

La huella.

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"Soy mejor que tú", me escribió, "porque puedo darte de palos desde la oscuridad, desde un sitio que no puedes pensar y que, por lo tanto, te desconcertará, te hará gritar, te pondrá de rodillas ante mí." "Soy mejor", añadió, "porque puedo ir y venir, aparecer y desaparecer, soy legión y soy uno, soy todos y nadie. Soy, en suma, y tú no."

Me inquietó. Confieso que, en un principio, me inquietó tal despliegue de agresividad. Me hallaba a merced de fuerzas desconocidas, sin un rostro al cual integrar en una pesadilla y exorcizar mediante su invocación. En suma, tenía razón: podía ser todos y nadie, y ¿cómo defenderse de nadie? En el tiempo de los dioses, Polifemo lo supo a ciencia cierta: el ataque de nadie es implacable, no sólo porque viene de sitios no pensados, sino porque no despierta la solidaridad de los demás, no mueve a compasión, no agita las aguas en una respuesta furiosa, como sucedería en el caso de ser atacado por alguien. "Y si nadie te ataca", dijeron los cíclopes a Polifemo, "¿por qué te quejas?"

Imaginé lo peor: una horda de rufianes se acercaba a mí y me miraba, sólo me miraba, y me hacía huir despavorido; una manada de chacales hacía lo propio; una sombra se acercaba y yo, ante la eventualidad de conocer su rostro, viraba en dirección opuesta, con lo que situaba al desconocido justo a mi espalda, dispuesto a tirar la puñalada trapera. Las constantes de mis pensamientos eran dos: el miedo sentido y la anonimia del otro, con la cual yo colaboraba al negarle conscientemente la posibilidad de contar con una faz clara. No obstante, más tarde caí en la cuenta de que existía un tercer elemento invariable: la ausencia del ataque. Es decir, quien me perseguía sólo jugaba conmigo, cual gato que, para matar al aburrimiento, mira al ratón sin hacerle nada.

Inventé trucos para alejar a la sombra: primero, le negué la existencia, y ello no hizo sino acentuar su carácter amenazador dado que nadie se transformó en nada y, por tanto, aumentó sus dimensiones. Más tarde, decidí que, si en efecto nadie era nadie, entonces no podría hacer nada. Vana esperanza: su amenaza había sido real en tanto la había yo observado y, por ende, existía la huella de su presencia; al instante me transformé y, de Polifemo, pasé a Robinson en su isla desierta, desconcertado ante la huella del diablo que había encontrado durante sus innumerables paseos. El terror se apoderó de mí y, cual Robin Kreutznaer posmoderno, corrí a mi cueva para encerrarme a piedra y lodo; dicho de otro modo, omití acceder al sitio en que la amenaza se había materializado.

Todo era inútil: sabía yo que la huella había estado ahí, y que seguiría ahí mientras yo la recreara en mi presente, o en tanto me retrotrajera al pasado, al momento nefasto del encuentro. Por tanto, su existencia era independiente a mi voluntad de ir o no ir al sitio, de posar mis ojos en ella o no.

Decidí, al final, obrar con sensatez y pensar, pensar, pensar, a pesar de ser tal la causa que había dado origen a mis miedos. De golpe, la luz se abrió ante mis ojos: si mi anónimo persegidor me amenazaba en la medida en que yo lo pensaba, ¿qué me impedía no pensarlo y reducirlo a la nada? ¿Qué misteriosa fuerza obraba sobre mí para dar cabida a tan ridícula situación?

Decir y hacer fue obra de un santiamén: me paré en el sitio y respondí "no, no eres ni mejor, ni peor que yo. Simplemente, no eres, y no serás porque, a partir de este momento, te niego la existencia."

Funcionó. Concilié de nuevo el sueño, mi vida retornó a la normalidad y todo fue feliz. Es decir, lo fue hasta este momento. Justamente ahora, mientras escribo estas líneas, he recreado al fantasma al que le negué la existencia; por tanto, existe. Está ahí, en algún lado, aunque sólo hizo acto de presencia en un momento determinado, y nunca más.

Existe. Y es paciente.

13.8.09

Malestares

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–Muy mal te ves.
–¿Así lo crees? ¡Hombre! Ya es ganancia, al menos me veo. En estas condiciones, ni siquiera pensé que eso fuera posible.
–Será para menos.
–¿Y qué es la muerte sino desvanecerse? Ser visible es una enorme ganancia.
–Sea, te concedo ésta. De cualquier forma, a mí no me atrapas con tus ideas, ¿eh?
–¿Mis ideas?
–Sí, hombre, ya sabes, ésas acerca de que nos vamos, nos hemos ido, o ni siquiera hemos venido. No estoy de humor.
–Lo que sucede es que tú no tienes ni idea, ¿verdad?
–Basta, basta. Debo irme.
–¡Espera! ¡Déjame que te cuente mi muerte! Déjame al menos consolar mi desventura narrándote lo que fue, lo que ha sido este horror que, para mi mala fortuna, me ha tocado. Con suerte puedo “compartirte” un poco de mi pesar. O qué, ¿tienes alguna ocupación en este valle sombrío, algo que te ocupe singularmente?
–A ciencia cierta, no.
–¡Ahí está! Déjame contarte, por favor.
–Bien. Cuenta entonces.
­–Todo fue muy simple, ¿sabes? Caminaba yo por la calle cuando, de repente, un tipo se me acercó. Un tipo como cualquier otro, sólo que se delataba con la mirada.
–¿A qué te refieres?
–¡Sí! En la mirada se le notaba… no sé, lo que ahora tú percibes en mí.
–Ajá. ¿Y entonces?
–¿Entonces? Nada, simplemente me tocó, así, como yo te toco ahora… y todo comenzó.
–¿Pero cómo?
–Oh, no tiene el mayor chiste. De hecho, en un principio es incluso agradable lo que se siente, estás… ¿cómo te diré? Como en otra dimensión…
–Ahí vas de nuevo.
–No, esto es distinto, es otra dimensión pero en la misma: comienzas a sentir que flotas, el cuerpo se entumece, dejas de sentir algunas partes, la mente divaga, la visión se sale de foco. ¿Ya me entiendes?
–Sí, por supuesto. En pocas palabras, sientes como si trajeras un pasón de los mil peyotes, ¿no?
–Casi, casi, si no fuera porque, ni te has metido nada, ni sabes cuánto durará, ni tienes idea de cómo has conseguido ponerte así. Sólo con el tiempo reaccionas y te das cuenta de que no es lindo, no es un pasón, y el cuerpo comienza a descomponerse.
–¿A qué?
–A descomponerse. Lo primero que percibes es que comienzas a oler mal, y te bañas, y te bañas, y te bañas, pero nada. Luego, la piel se vuelve extraña, se seca en unas partes y en otras te da la impresión de que te has vestido con los desechos de un puesto de frutas.
–¿Alguien te atendió?
–Primero fui con el yerbero del mercado, y ya sabes: “oh, tiene usted una infección en la piel. Tómese esto en un té de esto y de aquello, y verá qué buenos resultados.”
–Y no funcionó.
–No. Primero, porque el potingue ése olía peor que yo; segundo, porque sabía como a caño mezclado con perro muerto y dejé de tomarlo; tercero, porque lo preparé en tres trastos distintos y me los desgració todos. Así que, antes de quedarme sin ollas, decidí ir con el médico. ¡El médico! Uf, un tipo de ésos, famoso porque sale en la televisión, sin perder la compostura, me desahució: “Amigo”, me dijo el muy patán, que ni mi amigo es, “usted no tiene remedio. Nada puede hacerse. Lo compadezco de veras.” Se embolsó sus honorarios y, sin ninguna compasión, me echó a la calle. Eso sí, al despedirse me dio la mano, o sea que a estas horas ya ha de estar en las mismas.
–Qué terrible.
–Ahí empezó mi cuesta abajo. Primero, los olores; luego, un mar de sudores que me dejaba completamente desmadejado. ¡Oh! ¡Y los dolores! Son insoportables, ¿sabes? Cierto es que ocasionalmente remiten, de cuando en cuando te dejan salir, caminar, ser normal, vaya. ¡Pero cuando te atenazan! Me la pasaba yo mordiendo la almohada, la colcha, la mesa… lo que hubiera; de buena gana me habría arrancado la cabeza, las piernas, los brazos, todo. Sentía que la carne se me consumía, que me mordían dientes de metal, que tenía cosas metidas en los intestinos, y parece que sí, porque mi cuerpo comenzó a deshacerse.
–¿De verdad? Pero si pareces normal, salvo lo que ya te había comentado sobre tu cara.
–¿Normal? ¡Mira esto! ¡Aquí, aquí mismo!
–¡Aaaah! ¡Qué horror! ¡No hay carne! Y el hueso se ve, parece… no sé… carcomido, quemado.
–Así se siente, querido amigo. Ni más, ni menos.
–¿Hay más? Quiero decir, ¿más lugares así, sin nada, donde andas con todo de fuera?
–Por todas partes me veo así. Sería yo ahora un excelente espécimen para las escuelas de medicina, para enseñar a los galenos en potencia cómo se ven los huesos que están atrás –o debajo, o adentro, la verdad no importa– de una nalga, cómo es un esternón humano, qué hay que permite mover una rodilla. O cómo se puede ir desarticulando un pie, hueso a hueso.
–¡Calla! ¡No sigas!
–Pues es la verdad. Lo bueno es que, al final, deja de doler.
–¿En serio?
–Sí, cuando mueres. Es un enorme alivio dejar de sufrir, no preocuparte porque se te cae un dedo, porque la pierna se ha volteado, o porque los cachetes comenzarán a carcomerse, junto con la lengua, en el momento menos pensado.
–Oye, pero tú todavía estás vivo.
–No, no lo estoy. Ni tú tampoco.
20.7.09

Emergencia.

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Todo lo que podía escuchar era un diálogo que, en sus condiciones, le decía muy poco, salvo que estaba realmente jodido.

–Aquí la unidad 12 – 265, tenemos una emergencia. Cambio.
–Central a 12 – 265, escucho. Cambio.
–Tenemos un paciente, masculino, alrededor de 40 años, con politraumatismo craneoencefálico, fractura compuesta de húmero y clavícula del lado izquierdo, muñeca izquierda, laceraciones y contusiones múltiples. Signos vitales estables. Cambio.
–Su tiempo de arribo, 12 – 265. Cambio.
–Diez minutos. Cambio.
–Central enterada, tendremos el equipo listo.

Poco era lo que podía recordar mientras los paramédicos le inyectaban distintas sustancias, le hacían presión en diferentes puntos del cuerpo, y controlaban que no pasara a mejor vida en el trayecto. Había subido a la azotea para descolgar la ropa limpia y, al escuchar un grito en la casa vecina, se había asomado por el pretil, con tan mala fortuna que se había torcido un pie y la caída resultó inevitable. Recorrió con celeridad las tres plantas que le separaban del piso –tiempo suficiente para ver que a la vecina le había brincado el aceite de una sartén caliente, nada más– y, tras intentar infructuosamente meter una mano para amortiguar el impacto, había dado de cabeza contra el suelo.

El tiempo pasó y, de la nada, apareció un sujeto que, no bien observó el estado en que se encontraba, sacó su teléfono celular, marcó un número y dio la voz de alerta. La ambulancia había aparecido a los pocos minutos e, incluso, se desató un breve altercado entre los samaritanos que ahora lo transportaban y un equipo de la Cruz Roja llegado milagrosamente al lugar, dado que los primeros reclamaban haber escuchado la llamada de auxilio, mientras que el segundo alegaba preferencias jurisdiccionales sobre el herido. A final de cuentas habían prevalecido los alegatos de sus salvadores, lo cual le causó hondo alivio porque, aun en sus condiciones, había logrado percatarse de que se trataba de rescatistas particulares con una ambulancia flamante, en cuyo interior se adivinaban los últimos adelantos tecnológicos para conservar la vida de los heridos, lo cual contrastaba con la maltrecha unidad de la Cruz Roja. Relajado, se dejó llevar, por no decir que no le quedaba otra opción.

Justo en ese momento le asaltó una duda. ¿Adónde lo llevaban? No tenía la menor idea, tampoco podía preguntar; sin embargo, recordó que el anónimo radio – operador había mencionado que en la central estaría todo el equipo dispuesto, y de nueva cuenta se sintió aliviado. De súbito, tuvo otro mal presentimiento. ¿Y si lo asaltaban? Es más, ¿y si ya lo habían asaltado? Sus miedos fueron desechados una vez más al recordar que no llevaba nada en los bolsillos, e incluso los pants que traía puestos ni a bolsillos llegaban, así que no cabía la posibilidad de un robo. Se regañó mentalmente por desconfiado y puso atención a los notables esfuerzos que llevaban a cabo los paramédicos con tal de conservarlo vivo.

Transcurridos los minutos anunciados por el chofer, la ambulancia ingresó en un edificio. El sopor que comenzaba a invadirle fue ahuyentado al ser sacada la camilla del vehículo y rodar aprisa por el pasillo, mientras comenzaban a escucharse voces enérgicas que parecían sacadas de cualquier serie gringa de emergencias médicas.

–¿Trae alguna identificación?
–No. Al parecer, cayó de su propia azotea.
–¿Altura?
–Diez metros, aproximadamente.
–¿Signos vitales?
–Débiles, pero estables.
–¿Ha perdido sangre?
–No mucha, salvo por una cortadura a la altura del parietal.
–¿Hay estallido de vísceras?
–Negativo. Hay dos costillas fracturadas, pero el resto está en orden.
–Excelente. Apliquen tantas unidades de… y tantas de… Preparen el quirófano, vamos a intervenir. Llamen al ortopedista, al cirujano general y al neurocirujano.

Dirigiéndose a él, el médico le dijo:
–Ahora va usted a estar bien. No se tense, no hay problema, está usted en buenas manos. Le vamos a inyectar un sedante porque, de lo contrario, sufrirá mucho. Hasta la vista.

Los médicos aparecieron en el quirófano e iniciaron su trabajo con celeridad. Tras cerciorarse de que la anestesia había funcionado debidamente, dieron inicio al procedimiento en la zona asignada a los especialistas. Sin hablar, cada uno comenzó a hacer cortes en distintas partes del cuerpo; poco a poco encontraban las partes dañadas y, sin problemas, las dejaban a un lado, para llegar al fondo del asunto. Al cabo de una hora, más o menos, la paciente labor de los médicos parecía culminada, y los órganos limpiamente extraídos se hallaban ya en los recipientes fríos y estériles que les permitirían llegar a sus respectivos destinatarios. Aprovecharon vísceras, córneas y tejidos para trasplantes; piel, cabello y músculos también para trasplantes, o para experimentos –si no, ¿cómo avanzaría la ciencia?–; huesos para más experimentos, para los artesanos del Pacífico Sur o los estudiantes de medicina que, invariablemente, debían llevar un esfenoides –o cualquier otro cuerpo óseo– en buenas condiciones. El paciente había perecido hacía unos cuantos minutos, lo cual les daba el tiempo suficiente para proseguir con su trabajo y les brindaba excelentes perspectivas para colocar los frutos del mismo en un mercado altamente competitivo.

En medio del ajetreo, el cirujano general se dio un respiro para comentar a sus compañeros:
–Lo que es la suerte. Justo ayer llegaron varios pedidos pero, entre la Cruz Roja y los rescatistas de la policía, nos dejaron con las manos vacías. Si no hubiera sido por ese encuentro afortunado, mal la pasaríamos en los siguientes días, ¿no creen?

Sus compañeros contestaron con un monosílabo neutro y prosiguieron con su labor. Al cabo de otra hora concluyeron y procedieron a asearse y cambiar sus ropas, mientras el personal especializado transportaba ya los recipientes.

Lo último reconocible del cadáver fue tirado a la basura.
28.4.09

Hombre verde.

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El hombre verde caminaba por la calle sin prisas, sintiendo a cada segundo cómo su solo ser le proporcionaba poder sobre los demás, sobre el entorno, como si su simple fuerza de voluntad fuera capaz de transformar calles, caras y paisajes, junto con la infinidad de porquerías que decoraban estos últimos.

Un paso, dos pasos, tres pasos, vuelta. Un paso, dos pasos, tres pasos, vuelta. Otra calle. Otra más. Un charco saltado por aquí, una mierda esquivada por acá, una mirada sostenida y dominada más allá.

Es definitivo, pensó: el hombre verde, tal como lo enunció Quezada, no tiene que ser sino él mismo para descollar, para ejercer su autoridad, para poner en su lugar al resto de los seres humanos que sólo son color café. Su andar confiado le podría haber mimetizado con el entorno, podría haberle hecho pasar por uno más, por cualquier cualquiera, con la salvedad de que su color le impedía tal mimesis.

Decidió correr, sin una meta fija, sin un tiempo establecido, sin una competencia de por medio, de ésas en las que los tipos cafés simulan participar por amor al físico pero a las que en realidad entran por temor al fisco. La gente se apartaba de su desenfrenada carrera, le miraba con una mezcla extraña de horror y respeto, quedaba subyugada ante el poderío que emanaba del hombre verde. En dos palabras, le reverenciaba. Percibía que el hombre verde tenía derecho a serlo, a mirarlos a todos como si fueran nada, a ignorarlos. Ostentaría, si fuera el caso, derecho de vida y muerte sobre el resto, pero no le interesaba.

Lo miraron un transeúnte, dos, tres, y quedaron paralizados. La mujer que expendía en una esquina su único bien lo observó y apartó la vista, incapaz de hacerle una proposición razonable al hombre verde. El policía que hacía su ronda –o que extorsionaba ebrios, mariguanos, automovilistas mal aparcados y franeleros gandules– sólo abrió la boca, azorado, al pasar junto a él la saeta verde. El cura –que también extorsionaba a sus respectivos clientes– no atinó a pensar nada coherente.

El hombre verde se detuvo, no porque se le acabara el resuello, sino porque le dio la gana. Se encontraba lejos de todo, a mitad de ningún sitio, en la paz y la tranquilidad de un parque. La naturaleza se inclinó ante él, los árboles mecieron sus hojas en éxtasis, los perros dejaron de olerse o atacarse unos a otros, el agua de la fuente moduló sus notas. Todo estaba en orden.

De repente lo notó. El maldito notó que estaba desnudo. Qué hombre verde ni qué la chingada. Era tan café como los demás pero, a diferencia de ellos, no ocultaba su color con ropas de distintas tonalidades, que en el mejor de los casos combinaban sólo porque el portador así lo decidía. Era, a simple vista, cualquier cualquiera, con la única diferencia de que estaba encuerado, caminaba encuerado, había corrido encuerado, y ahora estaba de pie, en medio de un parque como cualquier pendejo, pero encuerado. Y todo porque, para descolgarse de la ventana del psiquiátrico, había tenido que amarrar el camisón a los barrotes. De otro modo, por muy verde que se sintiera, se hubiera roto la madre contra el pavimento.
23.4.09