Todo lo que podía escuchar era un diálogo que, en sus condiciones, le decía muy poco, salvo que estaba realmente jodido.
–Aquí la unidad 12 – 265, tenemos una emergencia. Cambio.
–Central a 12 – 265, escucho. Cambio.
–Tenemos un paciente, masculino, alrededor de 40 años, con politraumatismo craneoencefálico, fractura compuesta de húmero y clavícula del lado izquierdo, muñeca izquierda, laceraciones y contusiones múltiples. Signos vitales estables. Cambio.
–Su tiempo de arribo, 12 – 265. Cambio.
–Diez minutos. Cambio.
–Central enterada, tendremos el equipo listo.
Poco era lo que podía recordar mientras los paramédicos le inyectaban distintas sustancias, le hacían presión en diferentes puntos del cuerpo, y controlaban que no pasara a mejor vida en el trayecto. Había subido a la azotea para descolgar la ropa limpia y, al escuchar un grito en la casa vecina, se había asomado por el pretil, con tan mala fortuna que se había torcido un pie y la caída resultó inevitable. Recorrió con celeridad las tres plantas que le separaban del piso –tiempo suficiente para ver que a la vecina le había brincado el aceite de una sartén caliente, nada más– y, tras intentar infructuosamente meter una mano para amortiguar el impacto, había dado de cabeza contra el suelo.
El tiempo pasó y, de la nada, apareció un sujeto que, no bien observó el estado en que se encontraba, sacó su teléfono celular, marcó un número y dio la voz de alerta. La ambulancia había aparecido a los pocos minutos e, incluso, se desató un breve altercado entre los samaritanos que ahora lo transportaban y un equipo de la Cruz Roja llegado milagrosamente al lugar, dado que los primeros reclamaban haber escuchado la llamada de auxilio, mientras que el segundo alegaba preferencias jurisdiccionales sobre el herido. A final de cuentas habían prevalecido los alegatos de sus salvadores, lo cual le causó hondo alivio porque, aun en sus condiciones, había logrado percatarse de que se trataba de rescatistas particulares con una ambulancia flamante, en cuyo interior se adivinaban los últimos adelantos tecnológicos para conservar la vida de los heridos, lo cual contrastaba con la maltrecha unidad de la Cruz Roja. Relajado, se dejó llevar, por no decir que no le quedaba otra opción.
Justo en ese momento le asaltó una duda. ¿Adónde lo llevaban? No tenía la menor idea, tampoco podía preguntar; sin embargo, recordó que el anónimo radio – operador había mencionado que en la central estaría todo el equipo dispuesto, y de nueva cuenta se sintió aliviado. De súbito, tuvo otro mal presentimiento. ¿Y si lo asaltaban? Es más, ¿y si ya lo habían asaltado? Sus miedos fueron desechados una vez más al recordar que no llevaba nada en los bolsillos, e incluso los pants que traía puestos ni a bolsillos llegaban, así que no cabía la posibilidad de un robo. Se regañó mentalmente por desconfiado y puso atención a los notables esfuerzos que llevaban a cabo los paramédicos con tal de conservarlo vivo.
Transcurridos los minutos anunciados por el chofer, la ambulancia ingresó en un edificio. El sopor que comenzaba a invadirle fue ahuyentado al ser sacada la camilla del vehículo y rodar aprisa por el pasillo, mientras comenzaban a escucharse voces enérgicas que parecían sacadas de cualquier serie gringa de emergencias médicas.
–¿Trae alguna identificación?
–No. Al parecer, cayó de su propia azotea.
–¿Altura?
–Diez metros, aproximadamente.
–¿Signos vitales?
–Débiles, pero estables.
–¿Ha perdido sangre?
–No mucha, salvo por una cortadura a la altura del parietal.
–¿Hay estallido de vísceras?
–Negativo. Hay dos costillas fracturadas, pero el resto está en orden.
–Excelente. Apliquen tantas unidades de… y tantas de… Preparen el quirófano, vamos a intervenir. Llamen al ortopedista, al cirujano general y al neurocirujano.
Dirigiéndose a él, el médico le dijo:
–Ahora va usted a estar bien. No se tense, no hay problema, está usted en buenas manos. Le vamos a inyectar un sedante porque, de lo contrario, sufrirá mucho. Hasta la vista.
Los médicos aparecieron en el quirófano e iniciaron su trabajo con celeridad. Tras cerciorarse de que la anestesia había funcionado debidamente, dieron inicio al procedimiento en la zona asignada a los especialistas. Sin hablar, cada uno comenzó a hacer cortes en distintas partes del cuerpo; poco a poco encontraban las partes dañadas y, sin problemas, las dejaban a un lado, para llegar al fondo del asunto. Al cabo de una hora, más o menos, la paciente labor de los médicos parecía culminada, y los órganos limpiamente extraídos se hallaban ya en los recipientes fríos y estériles que les permitirían llegar a sus respectivos destinatarios. Aprovecharon vísceras, córneas y tejidos para trasplantes; piel, cabello y músculos también para trasplantes, o para experimentos –si no, ¿cómo avanzaría la ciencia?–; huesos para más experimentos, para los artesanos del Pacífico Sur o los estudiantes de medicina que, invariablemente, debían llevar un esfenoides –o cualquier otro cuerpo óseo– en buenas condiciones. El paciente había perecido hacía unos cuantos minutos, lo cual les daba el tiempo suficiente para proseguir con su trabajo y les brindaba excelentes perspectivas para colocar los frutos del mismo en un mercado altamente competitivo.
En medio del ajetreo, el cirujano general se dio un respiro para comentar a sus compañeros:
–Lo que es la suerte. Justo ayer llegaron varios pedidos pero, entre la Cruz Roja y los rescatistas de la policía, nos dejaron con las manos vacías. Si no hubiera sido por ese encuentro afortunado, mal la pasaríamos en los siguientes días, ¿no creen?
Sus compañeros contestaron con un monosílabo neutro y prosiguieron con su labor. Al cabo de otra hora concluyeron y procedieron a asearse y cambiar sus ropas, mientras el personal especializado transportaba ya los recipientes.
Lo último reconocible del cadáver fue tirado a la basura.